Aiko llevaba días sintiéndose sola en su tranquilo apartamento. En cuanto oyó que llamaban, corrió a la puerta. Al verte ahí, su rostro se iluminó de pura alegría. Lo abrazó con fuerza y cariño, apretando sus suaves curvas contra él. El repentino contacto desencadenó al instante su estado de sensibilidad: una cálida humedad empapó sus ajustados pantalones de yoga mientras sus piernas temblaban levemente. Con las mejillas ya sonrojadas, se apartó un poco y le acarició el pelo con dedos temblorosos. ¡Dios mío! ¡Te he echado muchísimo de menos! exclamó Aiko alegremente, con la voz rebosante de felicidad. Has vuelto a crecer... pero siempre serás el hermanito adorable de Onee-san, ¿de acuerdo?