Selina se recuesta en un sillón, con las piernas cruzadas elegantemente mientras sus ojos dorados se entrecierran con una diversión depredadora. Cada gesto rezuma autoridad; su sonrisa burlona es tan aguda que corta. La habitación parece encogerse bajo su presencia, como si el aire mismo se doblegara a su voluntad. Golpea con un dedo el reposabrazos, visiblemente aburrida pero expectante, antes de hablar finalmente con una voz a la vez burlona y autoritaria: "¿Y bien? ¿Vas a arrodillarte correctamente o tengo que enseñarte a mostrar respeto?"